El dolor persistente en zonas como espalda, rodillas, cuello u hombros suele llevar a muchas personas a optar por el reposo. Sin embargo, la inactividad prolongada puede empeorar la situación en vez de aliviarla.
La actividad física regular impacta más allá del fortalecimiento muscular. Mejora el bienestar cardiovascular, metabólico, emocional y favorece la autonomía
la especialista
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Arias añade que el movimiento influye en la manera en que el sistema nervioso interpreta el dolor. Hay evidencia que respalda que el ejercicio terapéutico contribuye a disminuir el dolor y potenciar la capacidad funcional, especialmente cuando el dolor es persistente. El ejercicio puede reducir, aunque sea temporalmente, la sensibilidad al dolor y activar mecanismos naturales que ayudan a regularlo.
El miedo a moverse, considera la experta, sigue siendo una de las mayores barreras para mantener un estilo de vida activo. Muchas personas asocian el dolor con una lesión grave y creen que el reposo es la solución más segura. Pero, según Arias, la inactividad prolongada puede disminuir la fuerza, resistencia y capacidad para realizar tareas cotidianas, además de reducir la confianza en el propio cuerpo.
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El mejor ejercicio es el que se hace
Arias, subrayando que no existe un tipo de ejercicio ideal para todos; elegirlo
El acompañamiento de un kinesiólogo puede marcar la diferencia al definir un punto de partida apropiado, ajustar las cargas y devolver poco a poco la confianza en el movimiento. Arias entrega un mensaje claro a quienes viven con dolor: "Es normal sentir miedo cuando se ha experimentado dolor por mucho tiempo, pero nuestro cuerpo está hecho para moverse y la recuperación gradual de la actividad es clave para la rehabilitación en muchas condiciones musculoesqueléticas".










