La soledad y el aislamiento social están impactando tanto a las personas mayores como a quienes las cuidan, según advierte Alejandra Araya, investigadora de la Universidad Andrés Bello. Esta situación puede profundizar la sobrecarga física y mental de los cuidadores, especialmente en Chile, donde el cuidado recae mayoritariamente en familiares y mujeres.
La Organización Mundial de la Salud distingue entre soledad e aislamiento social: la primera es una experiencia subjetiva relacionada con la falta de relaciones satisfactorias y la segunda es una realidad objetiva de contacto social reducido. Pese a ser conceptos distintos, el aislamiento prolongado influye negativamente en la salud.
Hasta uno de cada tres adultos mayores en el mundo sufre aislamiento social, lo que la OMS relaciona con enfermedades físicas y mentales como depresión, ansiedad, problemas cardiovasculares y deterioro cognitivo. Además, la soledad se asocia a más de 871 mil muertes anuales a nivel global.
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En Chile, el cuidado de personas dependientes está en manos de las familias. El 95% de los cuidadores son familiares, de los cuales el 89,6% son mujeres. Hijas e hijos representan el 44% y los cónyuges el 23,8% de quienes asumen esta labor.
Araya asegura que la ausencia de una red de apoyo incrementa la vulnerabilidad del cuidador, ya que no se trata solo de la cantidad de personas conocidas, sino del acceso real a apoyo ante dificultades o emergencias. La soledad afecta tanto a las personas mayores como a quienes las cuidan, y según estudios realizados en Santiago, las mujeres cuidadoras muestran mayores niveles de síntomas depresivos, fragilidad multidimensional y multimorbilidad, además de tener redes sociales más pequeñas y menor participación en actividades laborales y físicas.
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De acuerdo con el estudio MICARE del Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado, en Chile hay más de 600 mil personas dedicadas al cuidado. Salta a la vista que un 37% de los cuidadores informales también son adultos mayores que cuidan a otros adultos mayores, y que la mayoría son mujeres de entre 40 y 59 años.
Entre un 17% y un 44% de los cuidadores manifiestan haber sufrido problemas de salud física y mental a causa de su labor. Se reporta un aumento en sobrecarga, síntomas depresivos y sensación de soledad, con un promedio de 17 a 18 horas diarias dedicadas al cuidado, cifra que ha aumentado media hora en los últimos registros.
(none)La salud del cuidador también está en riesgo. Señales de alarma como incremento de síntomas depresivos, abandono de la actividad física, menor vida social, percepción negativa de la propia salud y reducción de contactos cercanos pueden indicar deterioro del bienestar tanto de la persona dependiente como del cuidador.
(none)Además, el abandono progresivo de actividades habituales y recreativas, evitar salidas, reducir el contacto con amistades o dejar controles médicos, son señales de aislamiento en la persona encargada del cuidado. Muchas veces priorizan al asistido y el hogar, dejando de lado su propia salud, sobre todo cuando no cuentan con apoyo.
(none)Frente a esta realidad, Araya destaca la importancia de reforzar el apoyo desde la Atención Primaria de Salud. Los CESFAM tienen un papel clave en la detección de síntomas depresivos y situaciones de fragilidad física, psicológica y social.
(none)La investigadora subraya la urgencia de reconocer el cuidado como una responsabilidad social y pública, proponiendo fortalecer redes de apoyo, repartir tareas y conectar a las familias con servicios disponibles para evitar que quienes cuidan terminen aislados.
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